sábado, 18 de mayo de 2013

El concepto del rendimiento decreciente


Pondré un ejemplo típico de la economía: el de la agricultura.

Supongamos que un agricultor tiene tantas hectáreas de tierra y que calcula los hombres necesarios para cultivarla.

No emplear más que a uno supondría un trabajo tan poco eficaz que el rendimiento sería minúsculo.

Emplear dos es mejor, más de dos veces mejor.

Se las podría arreglar con tres.

Cuatro ya puede explotar bien su granja. La producción que obtiene empleando cuatro hombres es mucho más de cuatro veces mayor de la que obtendría empleando uno.

Duda en emplear el quinto; lo hace, y encuentra que si bien el rendimiento de la granja aumenta, ese aumento es menor del que consiguió empleando al cuarto.

Con el sexto hombre la baja de producción por cabeza es aún más clara.

La tierra no responderá de una manera ilimitada a golpes de azada y cuidados adicionales; el ganado no parirá más de una vez al año por muchos trabajadores que lo cuiden y críen.

A partir de un cierto punto, el trabajo produce un rendimiento decreciente.

Si recordamos que cada hombre adicional necesitará comer tanto como los demás, vemos que en todo momento existe un límite muy definido al número de personas que pueda obtener su sustento de una cantidad determinada de tierra. Las bocas necesitarán tantos alimentos como de costumbre, los brazos adicionales producen cada vez menos.

martes, 26 de febrero de 2013

La población como factor de producción


Es un descanso salir de las complejidades del capital de préstamo y pasar a la sencillez relativa de la teoría de la población.

Una vez que hemos descartado la posibilidad de agrupar bajo el mismo epígrafe a las personas y el equipo productivo que éstas poseen, no hay posibilidad de confundir la población con los otros factores de la producción.

El único punto sobre el que es preciso hacer hincapié es que mientras el mantenimiento del equipo de capital y del capital préstamo son sólo medios, el mantenimiento de la población que trabaja con ellos es un fin.

El punto central a considerar, cuando se trata de la teoría de la población, es que el hombre es al mismo tiempo productor y consumidor. Si en el mundo hay más personas, éstas producirán y consumirán más.
Cada persona que nace significa un nuevo par de brazos para trabajar; por eso el campo de la división del trabajo se ensancha cuando hay más gente en el mundo.

En artículos anteriores vimos que sólo vale la pena especializarse si existe un mercado para los bienes que se produzcan; no habría posibilidad de que una fábrica de automóviles fuese lucrativa si no hubiera suficientes compradores de dichos automóviles. La especialización puede aumentar a medida que crece la población.

Por otro lado toda persona significa una boca más.

De estos hechos surgen algunas conclusiones interesantes y el mejor método de examinarlas es mediante ejemplos concretos. Dicha ejemplificación será el objeto de posteriores artículos en este mismo punto de encuentro.

sábado, 26 de enero de 2013

Recursos líquidos


Hablemos, en lo que respecta al capital concreto, del equipo material de la industria.

El problema del capital de préstamo se refiere a derechos abstractos y no a bienes concretos. Cuando la gente presta dinero, o lo invierte, lo que hace en realidad es reservar para el futuro las satisfacciones de que podría haber disfrutado gastándolo, y permite que alguna otra persona disfrute en su lugar de satisfacciones equivalentes.

Están dispuestos a aplazar su disfrute, ya sea por creer que tendrán más necesidad del dinero en el futuro que en el presente, o bien porque les parece que la inversión será provechosa, porque los prestatarios hayan prometido devolver una cantidad superior al préstamo original, es decir, pagar un interés.

Debido a este cambio de dinero, que posibilita la conversión inmediata de bienes y servicios en títulos, se desvía la tierra, el trabajo y el equipo de la tarea de producir para el goce inmediato y se destinan a producir para el futuro; esto quiere decir que se puede disponer de ellos como aliados suplementarios en el proceso capitalista.

El capital de préstamo es la fuente principal del equipo de capital, y se crea a su vez por la buena disposición del prestamista a aplazar sus satisfacciones hasta una fecha futura. Esta buena disposición a esperar es lo que, en último análisis, hace posible la producción capitalista.

La manera más clara y mejor de poner de manifiesto la naturaleza y función de estos recursos líquidos es considerar las mercancías que consumen los trabajadores ocupados en la producción de ferrocarriles, muelles y maquinarias, etc., es decir, de cosas que no darán fruto hasta algún tiempo después de haberse empezado a trabajar en ellas.

Los alimentos que comen, los vestidos que compran, son un excedente de lo que se necesita para alimentar y vestir al otro grupo de trabajadores que produce bienes de consumo. Hay que pagar a los trabajadores que producen bienes de capital igual que a los demás, es decir, hay que retribuirles inmediatamente por lo que producen; y la maquinaria y los muelles no estarán terminados hasta después de algún tiempo, y tardarán más aún en producir un rendimiento. En realidad, el mantenimiento de estos trabajadores proviene del capital de préstamo, del dinero que haya conseguido las personas responsables de la construcción de los muelles, ferrocarriles o lo que sea, y que se gasta en forma de salarios.

Los salarios de los trabajadores que producen bienes de consumo inmediato no se pagan con capital de préstamo, sino con el producto de la venta de las cosas que hacen. Pero se utiliza aquél para mantener a la gente en el trabajo hasta que empiecen a ingresar los rendimientos de lo producido, si entre la producción y la venta existe un intervalo mayor que el que cubre el salario.

Se puede comprar el capital de préstamo con un volante mecánico: da a la máquina de la producción y al consumo un movimiento suave y constante, aunque las fuerzas que lo impulsen (por un lado el trabajo realizado y por otro el flujo de productos acabados) sean discontinuas e irregulares.

lunes, 26 de noviembre de 2012

El capital, aliado del trabajo humano

La función del capital es la de completar el trabajo humano en la producción, aumentando su eficacia.
Con su empleo pueden obtenerse cosas que el trabajo humano por sí mismo (es decir, sin ninguna clase de herramientas) no podría conseguir en absoluto, o sólo en forma muy imperfecta. Nuestra fuerza y destreza son limitadas.
Como señaló el economista austríaco Böhm-Barwerk, la mano del hombre es "demasiado torpe con respecto a la estructura y demasiado débil con respecto a la masa" del material a que se aplica: por ello los hombres deben usar como aliados “al microscopio y la dinamita”. Tienen que trabajar por procedimientos indirectos, intentando conseguir lo que persiguen mediante rodeos, utilizando un número cada vez mayor de esas ayudas o aliados; a la larga el camino indirecto es el más corto.
Uno de los ejemplos que pone Böhm-Bawerk es el del hombre que vive a unos doscientos metros del río y que, como es natural, siente sed de vez en cuando. La manera más directa y sencilla de satisfacer sus necesidades es ir al río cada vez que tiene sed y beber; pero si bien esto es sencillo, también se pierde muchísimo tiempo. Puede ahorrarse molestias siguiendo un procedimiento más indirecto: el de hacerse un cubo de madera y llevar a casa toda el agua que necesita y vaya a consumir, por ejemplo, en un día.
El cubo de madera es capital y realiza las funciones de tal para ahorrar trabajo.
Pero puede llegar más lejos; solicitando la ayuda de más aliados (más capital) puede ahorrarse incluso el paseo diario al río; puede coger una serie de maderos huecos, ponerlos uno detrás de otro desde su casa hasta aquél, y de esta manera hacer un acueducto que le traiga mucha más agua sin tomarse nuevas molestias.
Al adoptar un método más directo ha hecho lo que nunca hubiera podido conseguir sin sus "aliados" materiales.
Este es un ejemplo que nos muestra en miniatura lo que sucede en la producción capitalista moderna.
El abastecimiento de agua de una gran ciudad no es cuestión de acueductos de madera, pero el principio es el mismo.
Se ha solicitado la ayuda de más y más aliados: ladrillos, hormigón y acero para apresar ríos distantes, en presas, maquinaria para extraer el agua y regularla; plantas para purificarla; y en cada casa un complicado sistema de cisternas, cañerías y grifos.
Todo ello es capital. Y el proceso es aún más indirecto de lo que parece, pues tras ese capital está aquel que sirvió a su vez para hacerlo: la industria siderúrgica, los hornos de ladrillos, las minas de hierro y carbón, etc.
La producción capitalista empieza con estos bienes de producción, que parece como si no tuvieran nada que ver con el producto final, y que, siguiendo un camino indirecto, logran un enorme aumento de eficacia. Cuantos más sean los "aliados" que nos ayuden (es decir, cuanto mayor sea el capital de que dispongamos), mayor será nuestra capacidad productiva.
No basta con tener en cuenta el equipo material, sino también la masa de conocimientos necesarios para producirlo y utilizarlo.
Es verdad que no podemos incluir dentro del capital una gran parte de estos conocimientos y destreza, pues no se pueden adquirir en el mercado de capital: son sencillamente atributos de los seres humanos, desde los obreros calificados hasta los trabajadores científicos; pero cuando toman cuerpo en patentes, por ejemplo, tienen valor de capital y deben incluirse junto al resto.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Distinciones clásicas

Antiguamente se acostumbraba a dar gran importancia a la distinción entre capital "fijo" y "circulante", es decir, por ejemplo, entre cosas tales como maquinaria y edificios, y el acervo o stock de mercancías o materias primas en manos de un detallista. Como sus nombres indican, el primero de estos grupos de cosas no varía, mientras que el otro está cambiando constantemente.
Las controversias económicas del siglo XIX consistían en gran parte en argumentos que giraban en torno a estas distinciones; en la actualidad casi no se les da importancia al estudiar la teoría económica general, aunque realmente sí la tiene algo que se le parece mucho.
La razón de este olvido relativo es la misma que hizo abandonar la distinción entre tierra y capital: que no se puede trazar una línea divisoria bastante clara; todo depende del período de tiempo en que pensemos. La maquinaria puede ser fija durante diez años, pero hay relativamente poca que lo sea durante veinte.
Los antiguos economistas tuvieron grandes dificultades para decir el lugar que debía darse a los instrumentos de trabajo de un agricultor. Decidieron que los caballos de la labranza eran capital fijo igual que sus vacas lecheras; pero si criaba ganado de raza y lo vendía, entonces se trataba de capital circulante.
Es mejor evitar distinciones que den semejante resultado.
Y es lástima, porque hubiera sido conveniente usar estas palabras para designar nuestras dos divisiones de "capital fijo" y "capital de préstamo".
Pero si empleásemos ahora, antes de que se olvide su antiguo significado, crearíamos demasiada confusión, y además nos opondríamos en medida innecesaria al significado corriente del mundo de los negocios.
Por lo tanto, evitaremos en lo posible el empleo de este término y usaremos la palabra "capital" al tratar de la producción, entendiendo que cubre todas las mercancías que sirven de ordinario como fuente de ingresos.

martes, 23 de octubre de 2012

Bienes gratuitos

Con el lugar en que deben colocarse los bienes gratuitos tales como el sol, el viento y la fuerza hidráulica surge un problema parecido al del anterior artículo con los seres humanos.

Como hemos visto, es muy raro que el agua y el aire alcancen directamente un precio. Pero un terreno, para construcción de vivienda que mire hacia el sur, o un terreno para construcción de una fábrica que tenga acceso a fuerza hidráulica, alcanzan un precio mayor que otros que carecen de estas ventajas; tienen mayor valor como capital.

Como los bienes gratuitos no pueden valorarse por separado, sino de una manera indirecta, será conveniente adoptar el mismo criterio que con los seres humanos y sacarlos de la categoría de capital.

Por otro lado, es mejor abandonar la decisión de algunos economistas de no llamar capital a las cosas que no sean materiales porque lleva a definiciones muy forzadas. Los derechos de patente, franquicias y de autor son, sin la menor duda, capital, y no es nada absurdo invertir dinero, por ejemplo, en una buena enseñanza técnica, por el mismo motivo que no lo es invertirlo en un buen juego de herramientas.

lunes, 1 de octubre de 2012

¿Son capital las personas?

En gran parte, el criterio para incluir o excluir algunas cosas de la denominación de capital es un problema de conveniencia. Así, por ejemplo, los economistas han discutido si debería incluirse bajo la denominación de capital a las personas.

Existen buenos argumentos para defender las dos opiniones.

Si no se les incluye, nos encontraremos entonces con la situación paradójica de que una nación que libera a sus esclavos se empobrece (aunque a todas luces el trabajo libre es más eficaz que el servil); y también con que la riqueza de capital de una nación no varía si muere en una guerra la mitad de su población trabajadora.

Al contrario, si se les incluye, se pueden presentar otras dificultades; pues si no se establece ninguna diferencia entre las personas y las cosas que les pertenecen, ¿Cómo vamos a distinguir, al hacer el cómputo del capital de una nación, entre una gran población pobre y una población pequeña y rica.

En el fondo la verdadera dificultad radica en fijar los criterios del mercado.

Si en realidad se pusieran a la venta esclavos y hortelanos, éstos alcanzarán un precio mayor. Aunque establezcamos la limitación de que los segundos no trabajarían de esclavos con tanto empeño como en libertad, es casi seguro que realizarían una labor más valiosa que los primeros.

Independientemente de la fijación del precio, es evidente que de dos instrumentos de producción, tiene mayor valor como capital el más productivo.

Así pues, si comparamos las ventajas y los inconvenientes, lo mejor será no incluir, quizá, bajo el epígrafe de capital a las personas.

El trabajo servil es, hoy en día, lo bastante raro como para que podamos pasar por alto el dilema de una población esclava, y, por consiguiente, lo más probable es que los cambios que tengan lugar en la población de un país se reflejen en la productividad de su capital, en el sentido comercial corriente de la palabra; por ejemplo, una salud mejor de los habitantes de una nación que redujese a la mitad el número de días de trabajo que se pierden todos los años por enfermedad, no aparecería directamente, según nuestro criterio, como un aumento en el valor de la población como capital, pero se reflejaría en el aumento de producción de las fábricas y la maquinaria. Su valor subiría por hacerse más productiva.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Capital Fijo

Hemos visto que el capital sólo es un aspecto de la riqueza: es la riqueza en un momento determinado. Por lo general, aunque no necesariamente, la palabra tiene un significado más concreto cuando se estudia la producción.
También vimos con anterioridad que, hablando con propiedad, un cigarro es capital y "produce" una satisfacción directa que es un ingreso; pero en estos momentos usaremos la palabra con un significado que se acerca mucho más al que tiene en la vida ordinaria, es decir, entenderemos por ella una cosa que reporta un ingreso en dinero o en mercancías vendibles.
No hay en esto ninguna distinción lógica, es sencillamente más útil, pues permite hablar en términos de dinero y apartarnos así de las satisfacciones subjetivas que no pueden medirse.
También es de más sentido común.

miércoles, 25 de julio de 2012

Cuatro divisiones principales

A pesar de que, como señalábamos en artículos anteriores, el seguir el ejemplo de los economistas clásicos o de teóricos más recientes en el estudio y análisis de los factores de producción dé lugar a grandes confusiones, hace falta alguna división de los mismos.

Las leyes de la oferta y la demanda son las mismas en todos lados; como ocurre con las leyes de la gravedad; pero así como no podemos esperar que la acción de la gravedad produzca los mismos resultados sobre el agua, el hielo o las plumas, así también vemos que las leyes de oferta y la demanda actúan de un modo distinto sobre los diferentes factores de la producción. De hecho podría clasificarse a estos últimos de acuerdo con la forma en que reaccionan ante los cambios de la demanda, pero tal cosa sería una clasificación abstracta y bastante forzada, y por ello no la utilizaremos. La que usaremos, en este y posteriores artículos seguro que es imperfecta, pero se acerca más a la realidad que la clásica.

Es una división en cuatro partes, que provienen de la subdivisión de dos grandes epígrafes: trabajo y capital, dos factores que entran invariablemente en toda producción aunque, desde luego, las proporciones varían. Dividimos el trabajo en dos clases: "trabajo rutinario", o aún de bastante responsabilidad, que se ejecuta bajo las órdenes de otros y por el que se pagan salarios y sueldos, y "trabajo de dirección" del orden más elevado, o "iniciativa", es decir, el que realiza el director de la empresa: por otro lado, el capital se divide en "riqueza fija" (que comprende la tierra) y "capital de préstamo".

Los cuatro grandes grupos de factores quedan así delimitados para su posterior estudio en ulteriores artículos.

miércoles, 4 de julio de 2012

La materia prima de la economía

Con todo lo dicho hemos llegado a tener una idea bastante aproximada de cómo funciona el mecanismo de oferta y la demanda en diversos períodos de tiempo.
A continuación, y en sucesivos artículos, veremos los límites materiales de su actuación.
¿Cuáles son los materiales sobre los que actúan?
¿Cómo se producen los artículos acabados cuyo estudio ya hemos acometido?
Los primeros economistas acostumbraban a dividir en tres los que llamaban "factores de la producción": tierra, capital y trabajo.
Hoy ya no se considera suficiente esta división, porque de hecho no se puede distinguir entre tierra y capital, y porque hay tantas clases de capital y trabajo, que apenas si podría hacerse un grupo de todos ellos. En realidad, incluso los primeros economistas advirtieron que usaban la palabra "tierra" como una especie de abreviatura para designar "todos aquellos factores de producción cuya oferta no puede aumentarse", como la fuerza hidráulica, los terrenos colocados en tal o cual posición, los manantiales de aguas minerales y los mantos carboníferos, tanto como la tierra agrícola que fue de lo que hablaron con mayor frecuencia. Pero existen muchas cosas, que hubieran llamado "capital", cuya oferta esa casi tan difícil de aumentar como la de aquellas que hemos enumerado (así algunos árboles que tardan mucho en crecer) y en realidad la mayor parte del valor de la tierra en lugares habitados de muy antiguo se debe a las mejoras que ha hecho en ellas la mano del hombre. Las dos categorías se confunden demasiado para que se pueda hacer una distinción tajante.
La diferencia entre las dos clases de capital que corresponden a la antigua división entre "tierra" y "capital" depende casi por completo de la extensión del período de tiempo en que pensemos. Si sólo consideramos, por ejemplo, cinco minutos, en ese caso la oferta disponible de casi todas las cosas es limitada durante ese tiempo. En cinco minutos ni siquiera se puede aumentar la oferta de huevos duros, y mucho menos de copas para comérselos. Pero si consideramos un mes, un año, o diez años, son cada vez más numerosas las mercancías que pueden agruparse bajo el epígrafe de "oferta elástica"; es decir, dentro del grupo de cosas cuyo número puede aumentarse a voluntad. Si se trata de huevos duros es esencial saber si el tiempo que se considera es cinco o diez minutos; si se trata de trigo, es esencial que se piense en un mes o un año; para los ferrocarriles, si es un año o diez. No cabe duda de que da lugar a grandes confusiones seguir el ejemplo de los economistas clásicos y hacer que una sola división sirva para todos los períodos posibles.